El fascismo vuelve a caminar con traje y corbata, los bloqueos matan lentamente, las guerras se televisan como si fueran espectáculos y los muertos apenas duran un par de días en los titulares. Y, aun así, pretenden que nos arrodillemos ante un hombre solo porque sabe golpear mejor que nadie una pelota.


El fútbol hace tiempo dejó de ser un juego. Ahora es una vitrina donde el dinero, el poder y la hipocresía se abrazan sin vergüenza. Hay quienes convierten en héroes a futbolistas que posan sonrientes junto a personajes cuya conducta consideran moralmente indefendible.

Después quieren convencernos de que deporte y política no se mezclan. Qué chiste.
Mientras tanto, recibe insultos racistas por el color de su piel. Todavía hay gente que cree que ser negro es un motivo para humillar a otro ser humano.

Y lo peor es que algunos de esos insultos salen de personas con poder, con cargos públicos, convencidas de que el odio también puede llevar corbata.


Este Mundial no solo ha mostrado goles. Ha mostrado el tamaño de nuestra miseria. El racismo sigue respirando. La intolerancia sigue encontrando aplausos. Y demasiados prefieren mirar el marcador antes que el barro moral sobre el que se juega.
Yo no espero salvadores. Mucho menos del fútbol.

Pero si de este campeonato tuviera que sacar un deseo, sería ver a Francia levantar la copa solo por una razón: ver sonreír a Mbappé. No porque crea que un trofeo cambie el mundo, sino porque, de vez en cuando, uno necesita ver ganar a alguien que ha tenido que soportar el peso del odio simplemente por existir.


No le pido que piense como yo. No le exijo que comparta mis convicciones. Solo espero que no renuncie a los principios que dice defender. En un negocio donde casi todo tiene precio, conservar la dignidad sigue siendo una forma de rebeldía. Y, en estos tiempos, la rebeldía vale mucho más que cualquier copa.

Por Editor