Hay imágenes que persiguen a un gobierno durante años. No porque definan toda una administración, sino porque condensan, en apenas unos segundos, una forma de entender el poder.

Un presidente no representa únicamente a quienes votaron por él. Representa a un país entero. Cada gesto, cada palabra y cada reacción deja de ser un asunto privado para transformarse en un acto político. Por eso resulta tan inquietante que José Antonio Kast haya terminado ocupando espacio en la prensa internacional por un enfrentamiento verbal con un niño durante una actividad pública.

No se trata de discutir quién provocó a quién, ni de buscar justificaciones en el contexto. Un niño nunca compite en igualdad de condiciones con la máxima autoridad de un Estado. Precisamente porque el poder es desigual, la responsabilidad también lo es. La autoridad no consiste en ganar una discusión; consiste en saber cuándo no vale la pena responder.

Los grandes líderes de la historia entendieron que el cargo obliga a soportar provocaciones, críticas e incluso insultos sin perder la compostura. El poder democrático exige autocontrol. Quien necesita demostrar autoridad frente al más débil termina exhibiendo exactamente lo contrario: inseguridad.

Lo más preocupante no es solo el episodio. Es la naturalidad con que una parte del país intenta justificarlo. Hemos normalizado que la política se parezca cada vez más a una pelea callejera, donde la rapidez para responder importa más que la inteligencia para callar. Se celebra el golpe verbal, la humillación del adversario y el espectáculo permanente. Mientras tanto, la dignidad de las instituciones se va erosionando lentamente.

Cuando un presidente se convierte en noticia internacional por una escena como esta, Chile no aparece retratado por sus avances, por sus universidades, por su ciencia o por su estabilidad democrática. Aparece reducido a una anécdota incómoda que alimenta la caricatura de una política incapaz de distinguir entre liderazgo y confrontación.

No es un problema de izquierda o de derecha. Es un problema de estatura republicana. Quien ocupa la primera magistratura debe comprender que representa algo más grande que su propio temperamento. Cada palabra pronunciada desde ese lugar lleva el peso simbólico de toda una nación.

Las portadas pasan. La imagen queda. Y las imágenes construyen la memoria política de un país mucho más que los discursos cuidadosamente preparados.

Gobernar también consiste en saber guardar silencio. A veces, la mayor demostración de autoridad no es responder. Es entender que hay batallas que un presidente simplemente no puede darse el lujo de pelear, porque al hacerlo no derrota a un niño: rebaja la dignidad del cargo que juró representar.

Ese es el verdadero costo del episodio. No una polémica pasajera, sino la sensación de que la Presidencia de la República puede terminar atrapada en disputas tan pequeñas como evitables. Y cuando eso ocurre, quien pierde no es solo el gobernante. Pierde Chile.

Patricio Luco.

Por Editor