por David Millar V.

Nos emocionamos, cantamos, hacemos donaciones y aplaudimos cada peso recaudado. Pero cuando termina la Teletón, ¿seguimos siendo igual de solidarios? ¿O la empatía también se apaga cuando se apagan las cámaras?

Cada año, cuando se acercan estas fechas, comienza una de las campañas solidarias más importantes y reconocidas de nuestro país: la Teletón.

Sí, la Teletón. Esa misma que algunos cuestionan, que otros miran con desconfianza y que, en más de alguna oportunidad, ha sido criticada por el uso que hacen algunas empresas de su imagen para mejorar su reputación o proyectarse como organizaciones socialmente responsables.

Y puede que parte de esas críticas tenga fundamento. No vamos a desconocer que detrás de algunas campañas también existen intereses comerciales y beneficios para las marcas. Pero reducir la Teletón a eso sería bastante injusto.

Porque más allá de los auspiciadores, de los comerciales y de las cifras que se muestran en televisión, hay algo que no podemos ignorar: miles de niños y sus familias encuentran en sus centros de rehabilitación una oportunidad, una ayuda y, muchas veces, una esperanza que necesitan durante todo el año.

Yo crecí con la Teletón. Recuerdo sus himnos, las canciones de algunos auspiciadores y cómo esas melodías terminaban instalándose en nuestra memoria. Incluso las cantábamos con algunos compañeros del colegio. Era parte de nuestra infancia, de esas cosas que uno recuerda con cierta nostalgia.

Pero hoy quiero detenerme en algo que va mucho más allá de la campaña, de la meta y de las donaciones.

Quiero hablar de nosotros. De los chilenos. Y de una contradicción que, sinceramente, me cuesta entender.

Porque parece que durante 27 horas somos capaces de emocionarnos con el dolor de otros, de aplaudir historias de esfuerzo y de sentirnos parte de una gran cruzada solidaria. Sin embargo, cuando termina la transmisión, pareciera que buena parte de esa empatía también se toma vacaciones.

Y aquí viene la pregunta: ¿qué tan solidarios somos realmente?

Pensemos en algo tan cotidiano como viajar en Metro o en micro. ¿Cuántas veces hemos visto a personas utilizando los ascensores destinados preferentemente a personas con discapacidad o adultos mayores, simplemente porque les resulta más cómodo? ¿Cuántas veces alguien ocupa un asiento preferencial sin siquiera detenerse a pensar que otra persona podría necesitarlo mucho más?

¿Y qué pasa cuando una persona en silla de ruedas necesita subir a un autobús? ¿Cuántas veces hemos visto la indiferencia de quienes siguen su camino como si nada ocurriera? Incluso hay ocasiones en que ni siquiera existe la disposición necesaria para facilitar el uso de la rampa.

Son pequeñas situaciones, dirán algunos. Pero justamente ahí está el problema: la inclusión no se demuestra en los grandes discursos, sino en esas pequeñas acciones que tenemos todos los días.

Y hay otro tema que me preocupa especialmente: la discriminación hacia los niños dentro del espectro autista.

Todavía vemos cómo el término TEA se utiliza entre niños y adolescentes como una burla, una broma o incluso un insulto. ¿En qué momento llegamos a normalizar eso? ¿Qué estamos enseñando en nuestras casas y en nuestros colegios?

También llama la atención que todavía existan establecimientos educacionales que no cuentan con las herramientas, los recursos o la preparación suficiente para acompañar adecuadamente a estos niños. No basta con hablar de inclusión en un proyecto educativo. Hay que llevarla a la práctica, y eso requiere formación, compromiso y, por supuesto, recursos.

Y no podemos olvidar a las personas con síndrome de Down. Todavía escuchamos expresiones ofensivas como «mongólico», utilizadas con una naturalidad que debería avergonzarnos. A veces parece que no somos conscientes del daño que pueden provocar unas pocas palabras.

Recuerdo también una situación que me tocó ver personalmente en el sector de Las Condes, frente al Mall Alto Las Condes. Un niño con síndrome de Down estaba al cuidado de una trabajadora doméstica en una vivienda del sector. Aquella imagen me hizo pensar en una realidad que pocas veces discutimos: todavía hay familias que viven la discapacidad desde el ocultamiento, como si tener un hijo con una condición diferente fuera algo que debiera esconderse.

No quiero generalizar ni juzgar a todas las familias. Pero sí creo que existe una realidad social que merece ser conversada. Porque la discapacidad no debería ser motivo de vergüenza para nadie.

Y si hablamos de solidaridad, tampoco podemos dejar fuera algo que ocurre cada vez que nuestro país enfrenta una emergencia.

Viene un incendio, una inundación, un terremoto o cualquier otra catástrofe, y rápidamente aparecen los llamados a donar. Nos movilizamos, juntamos ropa, alimentos y artículos de primera necesidad. Y eso está muy bien. El problema aparece cuando revisamos lo que algunas personas entregan.

Ropa rota, sucia, manchada, en mal estado, prendas que probablemente ni siquiera utilizaríamos para limpiar nuestra propia casa. En ocasiones, incluso alimentos vencidos.

¿Eso es solidaridad?

¿De verdad creemos que estamos ayudando a alguien cuando le entregamos aquello que nosotros mismos consideraríamos basura?

Siempre he pensado que cuando uno dona algo debe hacerlo con un mínimo de dignidad. No se trata de regalar lo que nos sobra o de aprovechar una emergencia para deshacernos de cosas que ya no queremos. Se trata de pensar que al otro lado hay una persona, una familia, alguien que está pasando por un momento difícil y que merece recibir ayuda en buenas condiciones.

Y lo mismo ocurre en el mundo laboral. Hay empresas que se muestran orgullosas de sus campañas de responsabilidad social, que auspician grandes eventos deportivos y que utilizan la solidaridad como parte de su imagen corporativa. Pero puertas adentro, algunas de esas mismas organizaciones todavía tienen mucho que mejorar en el trato hacia sus trabajadores, en sus políticas de inclusión y en la sensibilidad de ciertas jefaturas.

Porque no sirve de mucho hablar de responsabilidad social hacia afuera si no somos capaces de practicarla dentro de nuestra propia organización.

A veces siento que nos gusta demasiado repetir aquella frase de que Chile es el mejor país de Chile. La decimos con orgullo, la utilizamos para destacar nuestras virtudes y nos encanta sentir que somos un país especialmente solidario.

Pero quizás deberíamos detenernos un momento y preguntarnos si realmente estamos a la altura de ese discurso.

Por supuesto que existen chilenos tremendamente solidarios. Personas que ayudan durante todo el año, que trabajan como voluntarios, que acompañan a familias, que hacen donaciones sin esperar reconocimiento y que están presentes cuando nadie más lo está. No sería justo desconocerlo.

Pero tampoco podemos tapar el sol con un dedo.

Nos falta mucho. Nos falta educación, respeto, empatía y, sobre todo, coherencia. Nos falta entender que una persona con discapacidad no necesita nuestra lástima, necesita oportunidades, respeto y las mismas posibilidades de desarrollarse que cualquier otra persona.

La Teletón nos invita cada año a mirar una realidad que muchas veces preferimos no ver. Pero esa mirada no debería durar solamente 27 horas.

Porque mañana, cuando termine la transmisión, volveremos al Metro, a las micros, a nuestros trabajos, a los colegios y a nuestras casas. Y ahí tendremos nuevamente la oportunidad de demostrar qué tan solidarios somos.

No con una donación televisada, no con una fotografía en redes sociales ni con un aplauso frente a las cámaras.

Simplemente con nuestras acciones.

Quizás no somos los 20 millones de chilenos los que actuamos de manera inconsecuente. Pero sí creo que tenemos una deuda pendiente como sociedad. Y reconocerlo no debería molestarnos. Al contrario, debería ayudarnos a mejorar.

Porque nadie está diciendo que seamos perfectos. Ninguna sociedad lo es. Pero una cosa es reconocer nuestras falencias y otra muy distinta es seguir repitiendo que somos solidarios mientras miramos hacia el lado cuando alguien necesita de nosotros.

Al final, la Teletón no debería ser solamente una fecha en el calendario ni una jornada en la que nos emocionamos frente al televisor.

Debería ser un recordatorio de cómo debemos comportarnos durante todo el año.

Y quizás la pregunta más incómoda sea también la más necesaria:

¿Somos realmente un país solidario o simplemente nos gusta sentirnos solidarios durante 27 horas al año?

Porque la solidaridad no se demuestra cuando todos nos están mirando. Se demuestra cuando nadie nos obliga a serlo.

Por Editor