

Hoy escuchaba una noticia donde intentar sacar una ley donde obligan a las personas a escuchar los latidos de un embrión antes de abortar. En Chile, el aborto es legal exclusivamente bajo tres causales específicas establecidas por la Ley 21.030. Estas son:Riesgo vital: Cuando el embarazo pone en peligro la vida de la madre.Inviabilidad fetal: Si el feto padece una patología congénita o genética letal incompatible con la vida independiente.Violación: Cuando el embarazo es producto de una violación, hasta las 12 semanas de gestación (y hasta las 14 semanas en menores de edad).
Hay crueldades que no llegan con uniforme ni con un fusil. Llegan disfrazadas de «defensa de la vida», sentadas detrás de un escritorio, redactadas con tinta limpia y palabras amables. Pero siguen siendo crueldades.
Obligar a una mujer, y peor aún a una niña embarazada producto de una violación, a escuchar los latidos del embrión antes de acceder a un aborto permitido por la ley no es un gesto de humanidad. Es convertir el dolor en un espectáculo. Es tomar una herida abierta y meterle un dedo para comprobar que todavía sangra.
Hay quienes llaman a eso reflexión. Yo lo llamo castigo. Porque cuando el Estado obliga a revivir un trauma para acceder a un derecho, deja de acompañar a la víctima y empieza a disciplinarla. No busca informar: busca quebrar su voluntad mediante la culpa.
Los fanáticos siempre creen que el sufrimiento ajeno es una excelente herramienta pedagógica. Desde la comodidad de sus convicciones, deciden cuánto dolor debe soportar otro ser humano para sentirse moralmente aceptable. Nunca son ellos quienes cargan con la violación, el miedo, el embarazo forzado o las noches de insomnio. Siempre es el cuerpo de otra persona el que ponen sobre el altar.
Una sociedad se mide por la forma en que protege a quienes han sido violentados, no por la cantidad de obstáculos que les impone. Si una ley transforma el trauma en un trámite obligatorio, entonces ha olvidado la diferencia entre la compasión y la crueldad.
Porque hay latidos que merecen ser escuchados primero: los del corazón de una mujer aterrorizada, los de una niña que intenta sobrevivir al peor episodio de su vida. Esos también son latidos. Y esos, con demasiada frecuencia, son los que algunos prefieren no oír.
No nos pidan que aplaudamos
No nos pidan que aplaudamos. No nos pidan que llamemos «modernización» a lo que significa menos recursos para el Estado y más privilegios para quienes siempre han tenido el poder económico.
El Senado acaba de aprobar una megarreforma tributaria que, lejos de fortalecer al país, abre una nueva herida en las finanzas públicas. Reducir el impuesto corporativo del 27 % al 23 % significa, en los hechos, renunciar a recursos que pertenecen a todos los chilenos. Recursos que financian hospitales, escuelas, viviendas, pensiones y la dignidad de millones.
Como si eso fuera poco, se facilitan mecanismos para la repatriación de capitales bajo condiciones preferenciales. ¿Quién garantiza el origen de esos dineros? ¿Quién asegura que no provengan de la evasión o de otras prácticas que nunca fueron debidamente esclarecidas? Mientras el ciudadano común paga cada peso de sus impuestos, a los grandes capitales se les vuelve a abrir la puerta.
También se debilita el principio solidario que sostiene al Fondo Común Municipal, uno de los pocos instrumentos que permite reducir las desigualdades entre comunas ricas y pobres. Cuando se rompe la solidaridad, quienes primero sufren son los barrios olvidados, las postas rurales, las escuelas públicas y los municipios con menos recursos.
Diversas voces —incluidos economistas de distintas sensibilidades y organismos internacionales— han manifestado reparos sobre los efectos fiscales y la solidez de las proyecciones financieras. Sin embargo, esas advertencias fueron relegadas frente a una decisión política que marcará el futuro del país.
Hoy no celebran los trabajadores. No celebran los jubilados. No celebran quienes esperan una mejor salud o una educación pública más fuerte. Hoy celebran quienes hace décadas han aprendido a convertir el Estado en un obstáculo cuando les cobra impuestos y en un salvavidas cuando necesitan beneficios.
Que nadie diga mañana que no fue advertido. Porque los recortes de hoy serán las carencias de mañana. Y cuando falten recursos para responder a las necesidades de la ciudadanía, recordemos este día. Recordemos quiénes levantaron la mano. Recordemos quiénes decidieron que el peso del país debía volver a recaer sobre los hombros de la mayoría, mientras unos pocos seguían acumulando privilegios.
La historia juzgará esta decisión. Y los pueblos, tarde o temprano, también.
