Hay programas que nacen para informar, otros para confrontar ideas y algunos, simplemente, para convertir la política en un espectáculo donde el ruido vale más que los argumentos. A mi juicio, Sin Filtros pertenece a esta última categoría.Ver ese programa es asistir a un escenario donde la confrontación permanente sustituye al debate, donde la interrupción es celebrada y donde el volumen de la voz parece tener más valor que la consistencia de una idea.

No veo allí un espacio destinado a que la ciudadanía comprenda mejor los problemas del país, sino una puesta en escena diseñada para producir titulares, viralizar enfrentamientos y alimentar la polarización.Mi impresión es que existe una línea editorial claramente inclinada hacia la ultraderecha.

En ese contexto, se normalizan formas de violencia verbal, se caricaturizan las posiciones de la izquierda y, muchas veces, se busca desacreditar más que discutir. La política deja de ser un intercambio de razones para transformarse en una competencia donde gana quien humilla mejor al adversario.

Lo más preocupante es que algunos dirigentes de izquierda siguen aceptando esa lógica. Acuden convencidos de que podrán debatir, persuadir o desmontar argumentos. Sin embargo, terminan atrapados en un formato donde las reglas del espectáculo pesan más que las reglas de la deliberación democrática.

Allí no importa quién tiene mejores ideas, sino quién consigue el momento más estridente para las redes sociales.Por eso creo que la izquierda debería preguntarse seriamente si tiene sentido seguir participando en ese tipo de espacios. No se trata de rehuir el debate ni de encerrarse entre quienes piensan igual. Todo lo contrario: el debate democrático es indispensable. Pero debatir exige condiciones mínimas de respeto, tiempos razonables para argumentar y una disposición genuina a escuchar.

Cuando esas condiciones desaparecen, deja de existir un debate y comienza un espectáculo.Ningún proyecto político fortalece su credibilidad aceptando reglas diseñadas para ridiculizarlo.

La democracia necesita confrontación de ideas, no competencias de gritos. Y los ciudadanos merecen algo mejor que un ring televisivo donde la política pierde su dignidad para convertirse en entretenimiento.

Por Editor