Ayer se conmemoró la muerte de Pablo Neruda, ese hombre que hizo del lenguaje una casa interminable, una de esas casas que no terminan nunca de construirse porque cada palabra levanta una habitación nueva, un corredor que conduce hacia otra puerta, una ventana desde donde todavía podemos mirar el mar, la lluvia, los trenes, los cuerpos, las ciudades, el vino y esa interminable respiración de la tierra que alguna vez nos pareció nuestra y que ahora, con los años, descubrimos que también nos estaba soñando a nosotros.
Neruda murió hace tantos años que la muerte debería haber conseguido ya cerrar las puertas, apagar las lámparas, recoger los libros y dejar solamente el silencio. Pero la muerte tiene una derrota que no siempre reconoce: las palabras.
Porque las palabras, cuando han encontrado su verdadera casa, comienzan a vivir una existencia que ya no necesita del cuerpo que las pronunció, y Neruda dejó palabras.
Dejó tantas que todavía podemos caminar entre ellas como quien camina por una ciudad antigua después de la lluvia. Están pegadas a los muros, escondidas en las estaciones, respirando en los puertos, flotando sobre las copas de vino, entrando por las ventanas de las casas cuando la noche comienza a llenar de sombras las habitaciones.
Están en el amor y en la pérdida.
En el deseo y en la soledad. En la lluvia que cae sobre un tejado del sur y en esa luz del norte que parece haber olvidado que alguna vez fue joven., están también en el mar.
Ese mar nuestro, interminable y oscuro, que parece recordar antes que nosotros. Como si cada ola trajera una memoria anterior a nuestros propios nombres, una memoria que viene desde mucho antes de que naciéramos y que continuará después de que nuestros huesos hayan desaparecido bajo la tierra.
Quizás por eso Neruda sigue regresando.
Regresa cuando alguien abre un libro y encuentra una frase que parece haber estado esperándolo durante toda la vida.
Regresa cuando una mujer recuerda un amor perdido.
Cuando un hombre camina solo por una calle y de pronto comprende que la soledad también tiene un idioma.
Regresa en la juventud, cuando todavía creemos que el amor puede durar para siempre, y vuelve muchos años después, cuando sabemos que casi todo termina y que precisamente por eso algunas cosas adquieren una extraña forma de eternidad.
Neruda murió.
Pero la palabra tiene esa insolencia.
No obedece.
No acepta los decretos de la muerte.
No firma el acta de defunción.
Se queda.
Se demora.
Regresa.
A veces permanece durante décadas debajo del polvo de un libro y luego despierta en la boca de un desconocido que quizá ni siquiera sabe quién la escribió.
Eso es lo extraño de la poesía.
El poeta puede morir, pero la palabra continúa haciendo su viaje.
Pasa de una mano a otra, de una generación a otra, de una habitación a otra, como una pequeña llama que nadie consigue apagar completamente.
Y entonces comprendemos que recordar a Neruda no consiste solamente en recordar al hombre, al poeta, al Premio Nobel, al personaje enorme que alguna vez caminó por estas tierras.
Recordarlo es también volver a mirar aquello que dejó en el lenguaje.
Porque un país también está hecho de palabras.
Está hecho de los nombres de sus muertos, de sus desaparecidos, de sus poetas, de sus trabajadores, de sus mujeres, de sus hijos, de quienes partieron sin despedirse y de quienes todavía esperan una respuesta que quizás nunca llegará.
Chile es también esa enorme conversación inconclusa entre la memoria y el olvido.
Por eso este día no es solamente un día para recordar a un poeta.
Es otro día de memoria.
Y la memoria, cuando es verdadera, no se arrodilla ante el olvido.
Camina.
A veces lentamente, porque lleva demasiado tiempo sobre los hombros.
Atraviesa las décadas.
Cruza las ciudades.
Entra en las casas.
Abre cajones.
Encuentra fotografías.
Lee cartas antiguas.
Pronuncia nombres que parecían destinados a desaparecer.
Y entonces vuelve a ponerlos sobre la mesa, uno junto al otro, como quien coloca cuidadosamente las piezas de una vida que el tiempo quiso desarmar.
Después enciende una lámpara.
Una pequeña luz.
No para vencer la noche —la noche siempre ha sido demasiado grande para eso—, sino para demostrar que todavía existe una habitación donde alguien recuerda.
Quizás ahí está la verdadera dimensión de Neruda.
No solamente en la cantidad de poemas escritos, ni en los libros, ni en los premios, ni en las estatuas que algún día levantan los países para tranquilizar sus propias conciencias.
Está en esa persistencia secreta de la palabra.
En esa manera que tiene un verso de regresar cuando ya no lo estábamos buscando.
En esa extraña capacidad de una frase para sobrevivir al hombre que la escribió y convertirse, lentamente, en parte de la memoria colectiva.
Pablo Neruda dejó palabras sobre esta tierra.
Muchas.
Demasiadas para que la muerte pudiera llevárselas todas.
Y algunas palabras, cuando han sido pronunciadas desde una profundidad verdadera, dejan de pertenecer al hombre que las escribió.
Dejan de ser propiedad del poeta.
Se desprenden de sus manos.
Cruzan el tiempo.
Y terminan perteneciendo a todos.
A la memoria de un país.
A la memoria de sus muertos.
A la memoria de quienes todavía aman.
A la memoria de quienes todavía esperan.
A la memoria de quienes seguimos caminando por esta larga geografía chilena, entre el desierto y la lluvia, entre la cordillera y el océano, entre los que se fueron y los que todavía permanecemos aquí, intentando encontrar una palabra que nos permita decir quiénes fuimos, quiénes somos y qué parte de nosotros continuará respirando cuando también nosotros hayamos cerrado definitivamente la puerta.
Porque quizá eso sea la poesía:
una puerta que la muerte no consigue cerrar.


Patricio Luco de La Serena
24 de septiembre de 2026 la serena.

Por Editor