
La pregunta que estimula esta columna será respondida al final, cuando ya exista un campeón (inédito o un viejo conocido) y el balance del torneo se escriba a partir de resultados, figuras y decepciones en pleitos de toda índole.
Hasta entonces hay algunas certezas:
– Hace unos meses, el mandamás de la FIFA, Gianni Infantino, bendijo a Donald Trump como «hombre de paz». Infantino, un hipócrita consumado, ejecutaba así otro de sus actos de baja estofa. Trump es cualquier cosa -esto es literal-, pero un tipo de paz en ningún caso. En esa línea, quien espere la consabida «fiesta del fútbol» soslayando el rol que EEUU juega hoy en el planeta, sólo puede ser tachado de ingenuo, un cándido contumaz, o derechamente un gatopardo de pies a cabeza.
– Reportes de prensa de este lunes 8 exponen la vergüenza que cualquiera -reitero, cualquiera- sentiría luego que las autoridades norteamericanas impidieran la entrada al mejor árbitro de África, el somalí Omar Abdulkadir Artan, retuvieran e interrogaran por 7 horas al goleador histórico de Irak, Aymen Hussein, y realizaran controles diferenciados (unos sí, otros no) a las delegaciones de Uzbekistán y Países Bajos.
– Algo del torneo: los inéditos 48 participantes (que jugarán en 16 sedes, 11 de ellas en USA, que recibe 78 de los 104 pleitos) se ordenan en grupos desde la A hasta la L. Todas las zonas tienen una característica común: no hay grandes clásicos -acaso pleitos entre equipos «fuertes»-. ¿Será entonces una fase lánguida, más aún bajo el calor que se espera para esta cita, con mucho cálculo y necesidad de dosificar?
A contar del jueves 11 sabremos cómo viene la mano.
