

Hay cartas que se escriben para una persona y terminan convirtiéndose en cartas para una época. La que Pedro Lemebel le escribió a Camilo Escalona es una de ellas.
Lemebel no le hablaba solamente a un dirigente socialista. Le hablaba a una izquierda que alguna vez conoció el barro, la población, los zapatos gastados y las familias que esperaban que la política sirviera para algo más que ocupar un escaño.
Por eso su carta duele.
Porque Lemebel recuerda desde abajo. Desde esa población que mira pasar los autos de los políticos y que, muchas veces, sólo vuelve a existir cuando llegan las elecciones. Recuerda los barrios pobres, las familias desplazadas, los niños que crecieron entre calles sin pavimentar y sueños demasiado grandes para sus bolsillos.
Y entonces aparece Escalona, convertido en parlamentario, en dirigente, en hombre de poder. Y Lemebel pregunta, con esa mezcla de ternura y rabia que lo caracterizaba: ¿qué pasó con aquel compañero que alguna vez conocimos?
La frase más brutal quizás no sea la más escandalosa. Es aquella donde le dice: “Nunca te creí del todo, Camilo, y tú nunca me viste”.
Ahí está todo.
La distancia entre la izquierda que hablaba de los trabajadores y la izquierda que terminó aprendiendo demasiado bien el idioma del poder. La distancia entre quienes quedaron en las poblaciones y quienes consiguieron oficinas, cargos, corbatas y fotografías oficiales.
Lemebel no necesitaba discursos académicos para explicar esa fractura. Le bastaba mirar los zapatos.
Los zapatos rotos son una metáfora perfecta de un país desigual. Mientras algunos caminan hacia el Parlamento, otros siguen esperando que alguien se acuerde de ellos. Mientras la política celebra sus victorias, hay familias que continúan contando las monedas para llegar a fin de mes.
Y quizás por eso la carta conserva tanta vigencia.
Porque Lemebel entendía algo que la política suele olvidar: la memoria también es una forma de justicia.
No se trata de idealizar el pasado ni de convertir a todos los antiguos dirigentes en santos. Se trata de recordar de dónde vienen las palabras cuando se pronuncian en nombre del pueblo. Se trata de preguntar qué queda de las convicciones cuando el militante se convierte en autoridad.
Lemebel, con su lengua afilada y su corazón herido, le recordó a Escalona algo incómodo: la izquierda no puede abandonar a aquellos en cuyo nombre construyó buena parte de su historia.
Porque cuando un dirigente deja de reconocer la población que lo vio crecer, cuando ya no escucha a quienes alguna vez caminaron junto a él, ocurre algo más profundo que una traición política.Se rompe una memoria.
Y cuando una izquierda pierde la memoria de los pobres, de los perseguidos, de los trabajadores y de los que quedaron esperando, puede conservar sus partidos, sus cargos y sus banderas.
Pero corre el riesgo de quedarse sin pueblo.
Lemebel murió, pero aquella carta sigue caminando.
Camina por las poblaciones.
Camina por las calles.
Camina entre los viejos militantes que todavía recuerdan.
Y, sobre todo, camina detrás de quienes alguna vez creyeron que la política podía cambiarles la vida.
Quizás esa sea la verdadera pregunta que Lemebel dejó sobre la mesa: ¿cuánto de aquella izquierda que prometía cambiar el mundo todavía queda en quienes hoy hablan en su nombre?
Lemebel y la memoria de los que nunca llegaron a la mesa.Hay cartas que se escriben para una persona y terminan convirtiéndose en cartas para una época. La que Pedro Lemebel le escribió a Camilo Escalona es una de ellas.Lemebel no le hablaba solamente a un dirigente socialista. Le hablaba a una izquierda que alguna vez conoció el barro, la población, los zapatos gastados y las familias que esperaban que la política sirviera para algo más que ocupar un escaño.
Por eso su carta duele.Porque Lemebel recuerda desde abajo. Desde esa población que mira pasar los autos de los políticos y que, muchas veces, sólo vuelve a existir cuando llegan las elecciones. Recuerda los barrios pobres, las familias desplazadas, los niños que crecieron entre calles sin pavimentar y sueños demasiado grandes para sus bolsillos.Y entonces aparece Escalona, convertido en parlamentario, en dirigente, en hombre de poder. Y Lemebel pregunta, con esa mezcla de ternura y rabia que lo caracterizaba: ¿qué pasó con aquel compañero que alguna vez conocimos?La frase más brutal quizás no sea la más escandalosa.
Es aquella donde le dice: “Nunca te creí del todo, Camilo, y tú nunca me viste”.Ahí está todo.La distancia entre la izquierda que hablaba de los trabajadores y la izquierda que terminó aprendiendo demasiado bien el idioma del poder. La distancia entre quienes quedaron en las poblaciones y quienes consiguieron oficinas, cargos, corbatas y fotografías oficiales.Lemebel no necesitaba discursos académicos para explicar esa fractura. Le bastaba mirar los zapatos.
Los zapatos rotos son una metáfora perfecta de un país desigual. Mientras algunos caminan hacia el Parlamento, otros siguen esperando que alguien se acuerde de ellos. Mientras la política celebra sus victorias, hay familias que continúan contando las monedas para llegar a fin de mes.Y quizás por eso la carta conserva tanta vigencia.Porque Lemebel entendía algo que la política suele olvidar: la memoria también es una forma de justicia.
No se trata de idealizar el pasado ni de convertir a todos los antiguos dirigentes en santos. Se trata de recordar de dónde vienen las palabras cuando se pronuncian en nombre del pueblo. Se trata de preguntar qué queda de las convicciones cuando el militante se convierte en autoridad.Lemebel, con su lengua afilada y su corazón herido, le recordó a Escalona algo incómodo: la izquierda no puede abandonar a aquellos en cuyo nombre construyó buena parte de su historia.
Porque cuando un dirigente deja de reconocer la población que lo vio crecer, cuando ya no escucha a quienes alguna vez caminaron junto a él, ocurre algo más profundo que una traición política.Se rompe una memoria.Y cuando una izquierda pierde la memoria de los pobres, de los perseguidos, de los trabajadores y de los que quedaron esperando, puede conservar sus partidos, sus cargos y sus banderas.Pero corre el riesgo de quedarse sin pueblo.Lemebel murió, pero aquella carta sigue caminando.Camina por las poblaciones.Camina por las calles.Camina entre los viejos militantes que todavía recuerdan.Y, sobre todo, camina detrás de quienes alguna vez creyeron que la política podía cambiarles la vida.
Quizás esa sea la verdadera pregunta que Lemebel dejó sobre la mesa: ¿cuánto de aquella izquierda que prometía cambiar el mundo todavía queda en quienes hoy hablan en su nombre?

