Hay algo que está ocurriendo en América Latina que sería un error reducir a una simple sucesión de gobiernos de un derecha. Argentina, Ecuador, Perú, Chile y Colombia están viviendo procesos diferentes, pero detrás de esas diferencias comienza a aparecer una arquitectura política común.
Y para entenderla hay que incorporar dos países que, paradójicamente, están en el extremo contrario: Bolivia y Venezuela. No porque formen parte de esta nueva derecha, sino porque se han convertido en sus principales referentes negativos, en los enemigos que permiten construir buena parte de su discurso.


Y sobre todos ellos aparece una figura imposible de ignorar: Donald Trump.
Trump representa mucho más que la política interna de Estados Unidos. Su regreso al poder ha reforzado una corriente continental que combina nacionalismo, seguridad, control migratorio, liberalismo económico, conservadurismo cultural y una relación mucho más agresiva con los gobiernos que considera adversarios.


Así comienza a dibujarse un nuevo mapa político latinoamericano.
Milei, Kast, Noboa y la nueva derecha Argentina llevó el experimento económico hasta uno de sus extremos con Javier Milei: reducción del gasto público, desregulación, debilitamiento de la intervención estatal y una defensa radical del mercado.


Chile, con José Antonio Kast, avanza hacia una fórmula diferente, pero con elementos coincidentes: reducción del gasto, desregulación, fortalecimiento de la seguridad y una mirada conservadora sobre buena parte de la agenda cultural.


Ecuador convirtió la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico en el centro de su política.
Perú profundiza su giro hacia posiciones conservadoras.


Y Colombia, con la llegada de una derecha mucho más radical, incorpora al cóctel la seguridad, la reducción del Estado y una política económica favorable a la inversión privada.
No son gobiernos idénticos.Pero hablan un idioma cada vez más parecido.
Trump y la nueva relación con América LatinaY entonces aparece Donald Trump.
La diferencia es que Trump no necesita gobernar América Latina para influir sobre ella.
Le basta con establecer las reglas del juego.
Migración,Narcotráfico,Seguridad,Comercio,China,Minería,Energía,Fronteras.Todo puede convertirse en una herramienta de presión.

La nueva derecha latinoamericana encuentra en Trump un referente internacional que legitima una política más nacionalista, más dura con la migración y mucho menos dispuesta a aceptar límites cuando considera que están en juego los intereses nacionales.
Pero existe otra coincidencia importante: la construcción permanente de enemigos.
Para Trump pueden ser los migrantes, China, los demócratas o las élites globalistas.


Para la derecha latinoamericana pueden ser la izquierda, el comunismo, el progresismo, los migrantes, los movimientos sociales o los gobiernos de Venezuela y Bolivia.


El mecanismo político es parecido: construir un adversario reconocible y convertirlo en explicación de los problemas nacionales.
Venezuela: el gran enemigo continental, Venezuela ocupa un lugar central en esta narrativa.
Para la derecha latinoamericana, Venezuela funciona como el ejemplo de aquello que supuestamente ocurre cuando el Estado crece, el socialismo gobierna y la izquierda concentra poder.
Cada crisis venezolana es utilizada como advertencia:
“Esto es lo que les puede pasar si eligen a la izquierda.”
La crisis venezolana es real y sus consecuencias sociales, económicas y políticas son enormes. Pero el problema comienza cuando se utiliza como explicación universal para desacreditar cualquier política social, cualquier regulación económica o cualquier propuesta de izquierda.


Porque una cosa es criticar al gobierno venezolano y otra muy diferente es convertir a Venezuela en un espantajo político utilizado para bloquear cualquier alternativa al modelo neoliberal.
Bolivia: otro campo de batalla
Bolivia ocupa un lugar distinto.
Durante años fue presentada como uno de los ejemplos más importantes de una izquierda latinoamericana capaz de combinar crecimiento económico, reducción de pobreza y políticas de redistribución.


Para la nueva derecha, sin embargo, Bolivia se convirtió en otro territorio de disputa ideológica.
El mensaje es sencillo:


hay que cerrar el ciclo del populismo, reducir la intervención estatal y recuperar el protagonismo de la empresa privada.
Y aquí aparece nuevamente la influencia continental de Trump.
La política estadounidense hacia América Latina vuelve a mirar con especial atención los gobiernos que considera demasiado cercanos a China, Rusia, Cuba o Venezuela.


El continente vuelve a convertirse en un tablero geopolítico.
El verdadero proyecto
Por eso sería un error pensar que estamos solamente frente a una serie de gobiernos conservadores.
Lo que está en juego es algo mucho más profundo:
quién define el nuevo sentido común latinoamericano.
¿El Estado social?
¿El mercado?
¿La seguridad?
¿La libertad individual?
¿La igualdad?
¿La propiedad?
¿Los derechos colectivos?
¿La autoridad?
La nueva derecha ya tiene una respuesta.
Dice que el Estado debe ser más pequeño en economía y más fuerte en seguridad.
Que la empresa privada debe recuperar protagonismo.
Que las fronteras deben ser controladas.
Que la migración debe ser regulada con dureza.
Que los sindicatos deben perder poder político.
Que el conservadurismo cultural debe recuperar espacio.
Y que América Latina debe acercarse mucho más a Estados Unidos.
Cerimedo y la política digital
Pero existe otro elemento que no puede ignorarse: la batalla por las redes sociales.
Aquí aparecen operadores como Fernando Cerimedo y una nueva generación de estrategas digitales que entendieron que la política ya no se gana solamente con discursos.
Se gana con algoritmos.
Con videos.
Con memes.
Con campañas negativas.
Con influencers.
Con mensajes diseñados para indignar.
La política contemporánea descubrió que una mentira repetida millones de veces puede tener más impacto electoral que una verdad explicada durante una hora.
Y la nueva derecha ha sabido utilizar esa maquinaria con enorme eficacia.
¿Y qué queda para la izquierda?
Aquí está quizás la parte más incómoda.
La izquierda latinoamericana corre el riesgo de perder la batalla no porque la derecha sea invencible, sino porque ha dejado de hablar con claridad sobre aquello que históricamente la definió.
Trabajo.
Salarios.
Vivienda.
Salud.
Educación.
Pensiones.
Derechos laborales.
Dignidad.
Igualdad.
Mientras una parte de la izquierda discute cargos, liderazgos y cuotas de poder, la nueva derecha está construyendo un relato sencillo y emocional:
ellos son el orden; nosotros somos el caos.
ellos son la libertad; nosotros somos el Estado.
ellos son el futuro; nosotros somos el pasado.
Y cuando un relato logra instalarse en la cabeza de millones, deja de ser solamente propaganda.
Se convierte en sentido común.
América Latina frente a una nueva batalla
Argentina, Ecuador, Perú, Chile y Colombia representan distintas versiones de esta nueva derecha.
Venezuela y Bolivia representan, para ella, los modelos que deben ser derrotados o superados.
Y Donald Trump aparece como el gran referente internacional de una nueva relación entre Washington y el continente.
El resultado puede ser una América Latina mucho más polarizada, donde la discusión política deje de girar alrededor de proyectos diferentes de sociedad y se transforme en una guerra permanente entre enemigos.
La pregunta que queda es brutalmente sencilla:
¿Estamos ante una renovación de la derecha latinoamericana o ante el nacimiento de un nuevo proyecto continental de poder?
Quizás todavía sea demasiado pronto para responder.
Pero mientras unos siguen discutiendo si la palabra correcta es derecha, ultraderecha, conservadurismo o neoliberalismo, otros ya están construyendo las redes, los discursos y las alianzas que podrían definir la América Latina de los próximos años.
Y la izquierda debería comenzar a entenderlo.
Porque esta vez el adversario no viene solamente con un programa económico.
Viene con un relato, una maquinaria digital, una estrategia continental y un enemigo perfectamente identificado.

Por Editor