

Hay algo casi obsceno en escuchar a José Antonio Kast pontificar sobre los trolls, las funas y la violencia digital.
Ahora resulta que descubrió que las redes sociales pueden ser una cloaca. Ahora le preocupa que algunos se escondan detrás de cuentas falsas para insultar, hostigar y destruir reputaciones. Ahora nos habla de libertad de prensa, de periodistas que deben escrutar al poder y de una democracia que necesita medios libres.
Qué conveniente.
Porque la memoria tiene la mala costumbre de arruinar los discursos perfectos.
En septiembre de 2025, un reportaje de Chilevisión puso bajo la lupa a la cuenta “Patito Verde” y señaló a Patricio Góngora, entonces integrante del directorio de Canal 13, como vinculado a una red de cuentas que favorecía a Kast y atacaba a sus adversarios. Kast negó tener relación con esa red y condenó públicamente el uso de bots.
Hasta ahí, una controversia electoral.
Pero entonces aparece un nombre mucho más grande.
Fernando Cerimedo.
El consultor argentino no es un personaje salido de una cuenta anónima de X. Es un operador político y estratega digital que ha trabajado en campañas de la derecha latinoamericana. La Tercera recogió en 2023 la declaración de Agustín Romo, integrante del equipo de Javier Milei, quien afirmó que Cerimedo había trabajado en campañas de José Antonio Kast y Jair Bolsonaro.
Y Cerimedo ya tenía historia en Chile.
Su empresa Numen participó en la estrategia digital vinculada al Rechazo del plebiscito de 2020. Además, investigaciones recientes han vuelto a poner bajo la lupa sus vínculos con el grupo empresarial y político denominado “Casa Común”, donde participaron personas que posteriormente ocuparon posiciones relevantes en el entorno de Kast.
Y aquí la cosa deja de parecer una simple pelea de Twitter.
Porque estamos hablando de algo mucho más profundo: la profesionalización de la manipulación política digital.
Bots.
Granjas de cuentas.
Campañas negativas.
Noticias falsas.
Algoritmos.
Microsegmentación.
Desinformación.
Una industria completa dedicada a fabricar percepción pública.
El propio Cerimedo ha sido descrito por medios como un estratega de operaciones digitales de la derecha latinoamericana, con utilización de herramientas destinadas a amplificar determinados contenidos y alterar artificialmente la conversación pública.
Entonces aparece Kast, desde La Moneda, diciendo:
“Algunos se creen muy valientes en las redes sociales”.
Sí.
Pero la pregunta es:
¿Quiénes son esos algunos?
¿Quién los financia?
¿Quién los coordina?
¿Quién les entrega información?
¿Quién decide a quién atacar?
¿Quién define la mentira del día?
¿Quién convierte una cuenta anónima en una multitud artificial?
Porque un troll aislado es un imbécil con conexión a internet.
Una red organizada de trolls es otra cosa.
Es una herramienta política.
Y cuando esa herramienta se cruza con campañas electorales, dinero, consultores profesionales, medios digitales y operadores políticos, ya no estamos hablando de “gente peleando en redes”.
Estamos hablando de poder.
Ahí está la verdadera discusión que Kast evita.
No se trata solamente de si él personalmente escribió un tuit, ordenó una campaña o manejó una cuenta falsa.
La pregunta democrática es mucho más incómoda:
¿Qué infraestructura comunicacional utilizó su entorno para disputar el poder?
Y más incómoda todavía:
¿Qué relación existió entre esa infraestructura y quienes hoy ocupan cargos dentro de La Moneda?
Porque investigaciones publicadas estos días han vuelto a poner el nombre de Cerimedo en el mapa chileno y han señalado que dos personas vinculadas anteriormente a “Casa Común” llegaron posteriormente al entorno presidencial de Kast. El Mostrador ha solicitado explicaciones a La Moneda sobre estos vínculos y sobre una eventual participación de Cerimedo en la campaña de Kast, sin recibir respuesta al cierre de su investigación.
Entonces volvamos al sermón presidencial sobre la libertad de prensa.
Kast dice que “escrutar el poder es parte de la función del periodismo”.
Perfecto.
Escrutémoslo.
Preguntemos por Cerimedo.
Preguntemos por Numen.
Preguntemos por las redes de bots.
Preguntemos por “Patito Verde”.
Preguntemos por quienes estuvieron en aquellos espacios políticos y empresariales y terminaron trabajando en La Moneda.
Preguntemos quién pagó.
Preguntemos quién coordinó.
Preguntemos quién sabía.
Y preguntémoslo sin miedo.
Porque si todo es falso, que lo demuestren.
Y si todo fue una operación de la izquierda, como tantas veces se ha respondido, entonces que aparezcan las pruebas.
Pero que no nos pidan cerrar la boca en nombre de la democracia mientras se exige silencio sobre las maquinarias que ayudaron a construir determinadas percepciones políticas.
La posverdad no necesita una gran mentira.
Necesita cien pequeñas mentiras repetidas mil veces.
Necesita una multitud artificial que parezca espontánea.
Necesita periodistas desacreditados.
Necesita adversarios convertidos en enemigos.
Necesita ciudadanos cansados de distinguir entre información y propaganda.
Y necesita algo todavía más importante:
que después nadie recuerde quién encendió la máquina.
Por eso resulta tan conveniente que ahora el Presidente aparezca como el gran defensor de la limpieza digital.
Porque la memoria política no funciona como una cuenta de X.
No se puede borrar el pasado con un clic.
Cerimedo está ahí.
Los bots están ahí.
Las investigaciones están ahí.
Los nombres están ahí.
Los vínculos están ahí.
Y las preguntas también.
Kast dice que los trolls no son valientes.
Tiene razón.
Pero hay algo todavía menos valiente:
condenar al troll cuando te ataca y guardar silencio cuando su trabajo beneficia a los tuyos.
La democracia no necesita discursos sobre la transparencia.
Necesita transparencia.
No necesita presidentes que nos expliquen que la prensa debe escrutar al poder.
Necesita un poder dispuesto a ser escrutado.
Y si Kast realmente cree en aquello que acaba de decir, entonces que abra las puertas.
Que responda.
Que explique.
Porque detrás de cada troll puede haber un idiota.
Pero detrás de una red organizada puede haber dinero, estrategia y poder.
Y eso ya no es una funa.
Eso es política.
