

¿Existe la posibilidad de reconocer que el ascenso del gobierno de José Antonio Kast es, en parte, consecuencia del abandono de los principios históricos de la izquierda? Es una pregunta incómoda, pero necesaria.
La izquierda creyó que llenar un carro de supermercado era lo mismo que transformar una conciencia. Confundió el bienestar material con la construcción de un proyecto cultural. Mientras entraba un televisor nuevo a la casa, por esa misma pantalla seguían hablando los mismos dueños del poder.
Sacó a millones de la pobreza. Eso es un hecho. Pero dejó casi intacta la fábrica donde se producen las ideas, los miedos, los deseos y el sentido común. Los bancos siguieron imponiendo sus reglas. Los grandes medios continuaron escribiendo el relato. El mercado siguió definiendo qué significa el éxito, la libertad y el fracaso.
Entonces ocurrió lo que parecía inevitable. Quien ayer agradecía al Estado comenzó a despreciarlo. Compró el discurso del mérito individual, creyó que todo lo había conseguido solo y empezó a mirar con desdén a quienes seguían excluidos. Terminó votando por quienes, de haber gobernado antes, probablemente nunca le habrían permitido escapar de la pobreza.
No fue un accidente. Fue una derrota cultural.
La izquierda construyó consumidores con capacidad de compra, pero no siempre ciudadanos con conciencia crítica. Y ahí reside una de sus mayores contradicciones. Décadas antes, ya había advertido que conquistar el gobierno no equivale a conquistar el poder. El poder también habita en los diarios, la televisión, las escuelas, los bancos, el lenguaje y hasta en los sueños de una sociedad.
La historia latinoamericana parece condenada a repetir el mismo ciclo. La izquierda administra el crecimiento, reduce la pobreza y celebra las cifras, pero deja intactas las estructuras culturales que sostienen la dominación. Después llega una derecha más radical, más agresiva y más eficaz para construir relatos, y encuentra una sociedad convencida de que su verdugo será su salvador.
Desde esa perspectiva, el gobierno de José Antonio Kast no aparece como un fenómeno aislado. También puede leerse como el resultado de una izquierda que renunció a disputar la hegemonía cultural y terminó administrando el sistema que decía querer transformar.
La pregunta sigue abierta: ¿aprendió la izquierda la lección? Muchas veces parece que no. Sigue celebrando indicadores económicos mientras pierde el relato, la imaginación política y el vínculo con la calle. Y cuando finalmente comprende lo que ha ocurrido, los monstruos ya no están llamando a la puerta: hace tiempo entraron, se sentaron en el sillón y comenzaron a gobernar la casa.
