

Hay algo que produce una mezcla de rabia, tristeza y desconcierto: mirar cómo una parte importante de los derechos sociales y laborales que costaron décadas de organización, huelgas, persecuciones, cárcel, exilio y hasta vidas humanas, hoy parecen estar nuevamente en disputa.
Y al mismo tiempo, observar cómo una parte de la izquierda que alguna vez supo caminar junto al pueblo parece haber perdido el camino de regreso a sus propias raíces.
Porque los derechos no aparecieron por generación espontánea.
No fueron un regalo de los poderosos ni una concesión generosa de las élites. Fueron conquistados por trabajadores y trabajadoras que se organizaron, levantaron sindicatos, hicieron huelgas, ocuparon las calles y entendieron algo elemental: cuando los de abajo se organizan, los de arriba tienen que escuchar.
Por eso se echa de menos a figuras como Luis Emilio Recabarren, Clotario Blest y Gladys Marín, junto a tantos hombres y mujeres anónimos que construyeron, con sus manos y sus convicciones, buena parte de la historia social de Chile.
Ellos entendían que la política no comenzaba en los pasillos del Congreso.
Comenzaba en la población.
En la fábrica.
En la escuela.
En la universidad.
En el sindicato.
En la organización territorial.
En la conversación cotidiana de la gente común.
Hoy, en cambio, existe la sensación de que una parte de la izquierda perdió esa brújula.
Y eso resulta especialmente preocupante cuando la derecha, particularmente sus sectores más radicalizados, parece haber entendido algo que la izquierda olvidó: cuando sus intereses están amenazados, se organizan, se coordinan y actúan.
Mientras tanto, la izquierda muchas veces discute, analiza, negocia, calcula y llega tarde.
Muy tarde.
La CUT, la ANEF, el Colegio de Profesores y otras organizaciones históricas del movimiento social parecen haber perdido parte de aquella capacidad de movilización que alguna vez tuvieron.
Y cabe preguntarse: ¿dónde están las grandes convocatorias? ¿Dónde está la capacidad de explicarles a los trabajadores qué está realmente en juego? ¿Dónde están las organizaciones capaces de transformar la indignación individual en fuerza colectiva?
Porque no basta con indignarse en redes sociales.
No basta con publicar un comunicado.
No basta con una declaración parlamentaria.
No basta con sentarse a negociar mientras el pueblo observa desde afuera.
Los derechos sociales no se defienden solamente con discursos institucionales. Se defienden con organización social.
Y aquí aparece el problema más profundo: la izquierda perdió poder popular.
Se alejó de las bases. De muchas poblaciones. De numerosos trabajadores. De estudiantes. De territorios donde alguna vez estuvo presente.
Y, en demasiadas ocasiones, terminó conversando más con la elite política que con aquellos que históricamente le dieron sentido a su existencia.
Da la impresión de que una parte de la izquierda se acostumbró demasiado al aire acondicionado del Parlamento y olvidó el olor de las calles.
Como si Chile terminara en Ñuñoa, Providencia o Barrio Italia.
Pero Chile también está en La Pintana y Puente Alto. Está en las poblaciones, en los campamentos, en las universidades públicas, en las escuelas, en los consultorios, en las fábricas, en los almacenes y en las casas de los trabajadores que llegan cansados después de una jornada preguntándose si el sueldo alcanzará para llegar a fin de mes.
Ahí está el Chile que una izquierda renovada debería volver a escuchar.
Porque una cosa es modernizarse y otra muy distinta es olvidar de dónde se viene.
La izquierda no necesita regresar al pasado. Necesita recuperar aquello que nunca debió perder: la capacidad de organizar, educar políticamente y construir un proyecto colectivo desde abajo.
Necesita intelectuales, sí. Pero no intelectuales encerrados en universidades hablando entre ellos.
Necesita personas capaces de pensar desde los territorios, desde los sindicatos, desde las organizaciones sociales, desde las universidades y desde las poblaciones. Personas que no solamente interpreten la realidad, sino que sean capaces de ayudar a transformarla.
Porque el problema no es únicamente que la derecha tenga un proyecto.
El problema es que la izquierda parece haber perdido la capacidad de ofrecer uno.
¿Dónde está el proyecto país?
¿Dónde está la propuesta para el trabajo del futuro?
¿Dónde está la defensa concreta de la seguridad social?
¿Dónde está la discusión sobre pensiones, vivienda, educación, salud, salarios, tiempo de trabajo y dignidad laboral?
¿Dónde está la propuesta capaz de decirle a un trabajador: esto es lo que queremos construir contigo durante los próximos veinte años?
La política no puede reducirse a administrar lo posible.
Porque cuando la política se limita a administrar lo posible, termina aceptando como inevitable aquello que ayer parecía injusto.
Y entonces ocurre lo que estamos viendo: derechos conquistados durante generaciones vuelven a convertirse en objetos de negociación.
Nuestros padres lucharon.
Nuestros abuelos lucharon.
Nuestros bisabuelos lucharon.
Muchos pagaron un precio enorme.
Algunos perdieron sus trabajos. Otros fueron perseguidos, encarcelados o enviados al exilio. Otros simplemente dejaron su vida trabajando para que sus hijos pudieran tener una existencia un poco más digna que la que ellos tuvieron.
¿Y ahora nosotros vamos a mirar cómo todo eso se desarma desde la comodidad de una pantalla?
No.
Los derechos sociales no son una herencia decorativa.
Son memoria. Son lucha. Son historia. Son dignidad.
Y si la izquierda quiere volver a ser una alternativa real para Chile, tendrá que comprender algo que Recabarren, Blest, Marín y tantos otros entendieron mucho antes que nosotros:
ninguna transformación profunda se consigue solamente negociando con la elite política.
La negociación puede ser una herramienta.
Nunca puede convertirse en el proyecto.
Los cambios históricos no nacen únicamente de reuniones entre cuatro paredes. Nacen cuando millones de personas descubren que tienen intereses comunes y deciden organizarse.
Por eso, quizás el problema no sea que Chile haya dejado de creer en la izquierda.
Quizás el problema sea que la izquierda dejó de creer suficientemente en la capacidad del pueblo para cambiar Chile.
Y esa es una diferencia enorme.
La derecha entendió que la política también se disputa en la calle, en los medios, en las redes, en las organizaciones y en los territorios.
La izquierda debería recordarlo.
No para copiar a la derecha.
Todo lo contrario.
Para recuperar aquello que alguna vez fue su mayor fuerza: la organización popular, la solidaridad y la convicción de que otro país es posible.
Porque si la izquierda sigue durmiendo, podría despertar un día y descubrir que no solamente perdió una elección.
Descubrirá que perdió una generación.
Y quizás, peor todavía, que permitió que se perdiera una parte de la memoria de las luchas de quienes nos precedieron.
La historia social de Chile no comenzó ayer.
Está construida sobre las huelgas, los sindicatos, las poblaciones, las universidades, las organizaciones territoriales y las luchas de generaciones enteras que entendieron que la dignidad no se pide de rodillas: se construye colectivamente.
Hoy esa memoria vuelve a estar en disputa.
Y frente a eso, la pregunta no debería ser solamente qué hará la izquierda.
La pregunta es si será capaz de volver a mirar hacia abajo.
De escuchar.
De organizar.
De convencer.
De construir.
De volver a creer en la gente común.
Porque una izquierda que abandona al pueblo termina convirtiéndose solamente en una administración política más.
Y Chile no necesita otra administración de lo posible.
Necesita nuevamente un proyecto capaz de imaginar lo necesario.
Hay momentos en que la historia golpea la puerta.
Este parece ser uno de ellos.
Y sería imperdonable que, esta vez, nadie se levantara a abrir.
