Hay palabras que parecen pequeñas, casi inocentes, pero que cuando salen de la boca de una autoridad pueden convertirse en una forma de violencia. Decir que una persona llegó al Senado “porque da pena” no es simplemente una opinión política. Es algo mucho más profundo: es reducir a una persona a su tragedia y convertir su discapacidad en una explicación para negar sus capacidades.


Por eso las palabras de Lucho Miranda tienen una importancia que va mucho más allá de una discusión entre senadoras.
Miranda hizo algo que muchas veces la política olvida: habló de dignidad.
Porque existe un prejuicio profundamente instalado en nuestra sociedad respecto de las personas con discapacidad. Ese prejuicio supone que cuando alguien consigue un trabajo, alcanza una posición de responsabilidad, obtiene reconocimiento o simplemente logra destacarse, lo hace porque los demás sienten lástima.


Es una mirada miserable.
Y es miserable porque parece compasiva, pero en realidad es profundamente discriminatoria. La lástima coloca al otro en una posición inferior. Lo convierte en alguien al que hay que ayudar porque, supuestamente, no puede llegar por sus propios medios.
Lucho Miranda conoce esa mirada. La ha enfrentado probablemente muchas más veces de las que cualquiera de nosotros puede imaginar. Y por eso su reflexión tiene una fuerza especial: no habla desde una teoría académica sobre la discapacidad, sino desde la experiencia de alguien que ha tenido que demostrar, una y otra vez, que su condición física no determina el valor de lo que hace.


Hay algo elemental que parece necesario recordar: una discapacidad no elimina las capacidades de una persona.
Fabiola Campillai llegó al Senado mediante una elección. Obtuvo votos. Personas de carne y hueso marcaron una preferencia por su nombre. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con sus posiciones políticas. Se pueden cuestionar sus decisiones, sus discursos, sus proyectos y su actuación parlamentaria.

Eso es parte de la democracia.
Lo que no corresponde es transformar una tragedia personal en un argumento para descalificar su legitimidad política.
Porque entonces ya no estamos hablando de ideas. Estamos hablando de prejuicio.
Y ahí aparece la frase de Lucho Miranda que debería quedar dando vueltas mucho tiempo: nadie sostiene una carrera porque provoque lástima.


La lástima puede generar un gesto momentáneo, una ayuda circunstancial, incluso una solidaridad pasajera. Pero no construye una trayectoria. No mantiene un escenario lleno. No consigue votos indefinidamente. No escribe proyectos de ley. No construye una carrera profesional. No convence a una audiencia durante años.


El público podrá acercarse inicialmente por curiosidad, por empatía o incluso por solidaridad. Pero después viene la prueba más difícil: demostrar lo que uno es capaz de hacer.
Eso ocurre en el humor, en el periodismo, en la política, en el arte y en cualquier actividad humana.


Por eso pensar que una persona con discapacidad está donde está “porque da pena” significa quitarle valor a su esfuerzo. Es decirle, de manera brutalmente disfrazada, que lo que consiguió no le pertenece completamente.
Y eso es profundamente injusto.


Lo ocurrido entre Camila Flores y Fabiola Campillai también revela algo preocupante de nuestra discusión política: cada vez cuesta más debatir sobre las ideas sin destruir personalmente al adversario.


Se puede criticar a Campillai. Se puede cuestionar su trayectoria política. Se puede discrepar de sus posiciones. Pero una cosa es ejercer el legítimo derecho a la crítica y otra muy distinta es utilizar su discapacidad y la tragedia que marcó su vida como arma política.


Cuando eso ocurre, la discusión deja de ser democrática y comienza a transformarse en una competencia por ver quién consigue herir más profundamente al otro.
Y quizás por eso la intervención de Lucho Miranda resultó tan potente. Porque en medio del ruido político decidió hablar de algo que debería ser obvio: la dignidad no depende de tener o no tener una discapacidad.


Una persona ciega no necesita que le regalemos dignidad. Una persona que utiliza una silla de ruedas no necesita que le regalemos dignidad. Una persona con discapacidad no necesita que la sociedad le tenga lástima.


Necesita exactamente lo mismo que cualquier otra persona: oportunidades, derechos, respeto y la posibilidad de demostrar lo que puede hacer.
La política debería entenderlo mejor que nadie.


Porque cuando un parlamentario utiliza la discapacidad de otro como argumento para negar sus méritos, no está solamente atacando a esa persona. Está enviando un mensaje a miles de ciudadanos que viven diariamente con alguna discapacidad: que sus logros siempre serán sospechosos, que detrás de cada triunfo habrá alguien dispuesto a decir que fue por compasión.


Eso sí es una forma de violencia.
Y quizás la mejor respuesta sea precisamente la de Miranda: si la pena fuera suficiente para triunfar, todas las personas con discapacidad serían exitosas.
Pero sabemos que no es así.
La mayoría ha tenido que luchar contra barreras que quienes no tenemos una discapacidad muchas veces ni siquiera vemos.
Por eso una sociedad verdaderamente democrática no debería preguntarse cuánto nos conmueve una persona con discapacidad, sino cuánto estamos dispuestos a reconocer su capacidad.


La pena mira desde arriba.
El respeto mira de frente.
Y una democracia que se precie de tal debería aprender, de una vez por todas, a mirar de frente.

Por Editor