Tenía doce años aquel 11 de septiembre de 1973. Doce años, una edad todavía suspendida en esa comarca de la vida donde los días parecen tener la inocencia de las frutas recién abiertas y donde uno cree que el mundo, aun con sus pequeñas desgracias domésticas, posee una continuidad asegurada, una especie de respiración secreta que hace posible que mañana sea simplemente otro día.


Pero aquella mañana el mañana se quebró.
El cielo de Santiago pareció descender sobre los techos con una gravedad desconocida. Había algo en el aire, una electricidad que no pertenecía a las estaciones ni a los cambios del tiempo. Los aviones cruzaban el espacio como aves metálicas de una mitología recién inventada, y la ciudad, que hasta entonces había sido para mí calles, micros, almacenes, plazas y voces familiares, comenzó a adquirir la dimensión de un territorio extraño.


Yo tenía doce años y no sabía todavía que existen días que no terminan cuando llega la noche.Hay días que permanecen.
Días que se quedan viviendo dentro de uno, como una habitación clausurada cuya puerta nadie consigue cerrar completamente.
El 11 de septiembre fue uno de esos días.
Desde entonces, septiembre dejó de ser solamente un mes. Se convirtió en una especie de animal de la memoria que regresa cada año, olfatea las calles, levanta el polvo de las fotografías antiguas y nos obliga a mirar aquello que algunos quisieran convertir en una página arrancada del calendario.


Han pasado cincuenta y tres años.
Cincuenta y tres años desde que aquella criatura de doce años comenzó a comprender, lentamente, que la historia no era una palabra destinada a los libros de la escuela. La historia podía entrar por la puerta de una casa. Podía llevar uniforme. Podía llevar fusiles. Podía llevarse a una madre. Podía instalar el miedo en la mesa familiar y convertir el silencio en una forma de conversación.


Y ahora, tantos años después, cuando uno pensaría que un país habría aprendido algo de sus propias ruinas, aparece nuevamente esa vieja tentación de cerrar las ventanas, apagar las luces de la memoria y decirnos que debemos mirar hacia adelante.


El presidente Kast decide no realizar un acto oficial de conmemoración del 11 de septiembre, rompiendo una práctica sostenida desde el retorno de la democracia.
Y entonces aparece la frase: hay que mirar al futuro.


Qué extraña palabra esa: futuro.
La pronuncian como si fuera una tierra virgen, como si no tuviera muertos debajo, como si no estuviera construida sobre las huellas de quienes caminaron antes que nosotros.
Pero el futuro no nace de la amnesia.
El futuro nace de la memoria.


Porque recordar no significa quedarse detenido. Recordar significa saber desde dónde venimos. Significa reconocer las piedras que hay debajo de nuestros pies antes de comenzar a construir otra casa.
Un pueblo sin memoria puede caminar muy rápido, sí.


Pero también puede caminar en círculos.
Y quizás allí esté el verdadero peligro: que un país consiga olvidar tanto que termine creyendo que aquello que ocurrió nunca ocurrió; que las heridas fueron exageraciones; que los desaparecidos son apenas nombres; que los muertos pertenecen a una estadística y no a una historia humana; que el miedo de una generación puede ser archivado como una vieja fotografía amarillenta.
Yo tenía doce años.


Hoy miro hacia atrás y veo a ese niño caminando por aquella mañana interminable, sin comprender todavía la magnitud de lo que estaba sucediendo.
Y quisiera decirle algo.
Decirle que no olvide.
Que guarde los rostros.
Que guarde los silencios.
Que guarde las voces.
Que guarde incluso el miedo, porque también el miedo forma parte de la historia cuando el miedo ha sido impuesto por quienes tienen las armas y el poder.


Que no permita que nadie venga después a decirle que todo aquello fue necesario, inevitable, conveniente o simplemente un asunto del pasado.


Porque hay pasados que no pasan.
Hay muertos que siguen conversando con los vivos.
Hay fechas que no aceptan convertirse en feriados del olvido.
Y hay una patria secreta que se construye cada vez que alguien recuerda lo que otros quisieran borrar.


Por eso, este 11 de septiembre, yo no miro solamente hacia atrás.
Miro hacia adelante llevando conmigo la memoria.


Porque el futuro que me interesa no es el futuro construido sobre el silencio.
Es aquel que puede mirar a los ojos de sus muertos sin bajar la mirada.


Aquel que no necesita esconder su historia para sentirse orgulloso de su país.
Aquel que comprende que la democracia no es solamente votar cada cierto número de años, sino también defender la memoria, la dignidad y la vida humana.
Tenía doce años cuando Chile cambió para siempre.


Cincuenta y tres años después, sigo aquí.
Y mientras pueda recordar, mientras existan otros que recuerden, mientras una voz pueda pronunciar los nombres que quisieron borrar, el 11 de septiembre seguirá siendo una puerta abierta hacia nuestra historia.
No para vivir atrapados en ella.
Sino para impedir que vuelva a suceder.
Porque un país puede tener carreteras, edificios, estadísticas, crecimiento y discursos sobre el futuro.


Pero si pierde la memoria, pierde también el lugar desde donde comenzó a caminar.
Y entonces el futuro deja de ser futuro.
Se convierte simplemente en otro nombre para el olvido.

Por Editor