El rápido aumento de contagios entre niños preocupa a las autoridades sanitarias y a las organizaciones humanitarias, que advierten sobre el impacto del hacinamiento, la escasez de agua potable y el colapso del sistema de salud en la Franja de Gaza.

Sundus apenas tiene unos años de vida, pero ya conoce el desplazamiento, el miedo y la enfermedad.
Dentro de una tienda de campaña levantada en Deir al-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, su madre, Yasmín Al Daalís, intenta aliviar con un pequeño abanico el intenso picor que cubre el cuerpo de la niña. El aire apenas mueve las ampollas provocadas por la varicela, pero es lo único que puede hacer.
No hay antivirales.
No hay tratamiento.
Solo paciencia.
«Mi hija nació poco antes de que comenzara la guerra. Tiene una enfermedad conocida como piel de mariposa y ahora también contrajo varicela», contó Yasmín a la agencia EFE mientras sostenía a Sundus entre sus brazos.
Cada noche, dice, es igual.
Su hija llora durante horas.
Ella también.
«No mejora. Cada día parece estar peor.»
La historia de Sundus no es una excepción. Es el reflejo de una crisis sanitaria que avanza silenciosamente entre los campamentos donde sobreviven cientos de miles de palestinos desplazados.
Una enfermedad común convertida en una amenaza
La varicela suele ser una enfermedad infantil que, con atención médica y reposo, rara vez provoca complicaciones graves.
En Gaza, la realidad es muy distinta.
La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA) informó que más de 9.300 casos fueron detectados en apenas dos semanas en más de 130 centros de salud del enclave.
El virus encuentra el escenario perfecto para propagarse.
Miles de familias viven hacinadas en tiendas de campaña, con acceso limitado a agua potable, rodeadas de basura y con sistemas de alcantarillado gravemente dañados.
Lavarse las manos con frecuencia, aislar a un niño enfermo o conseguir un medicamento son acciones que, para muchas familias, simplemente dejaron de ser posibles.
«Mis cuatro hijos están enfermos»
A pocos metros de la tienda donde permanece Sundus vive Nibal Sabih.
Desde que comenzó la guerra ha tenido que abandonar su hogar unas treinta veces junto a sus cuatro hijos.
Cada traslado significó empezar de nuevo en condiciones cada vez más difíciles.
«Mis cuatro hijos tienen problemas en la piel. Han pasado por sarna, varicela y otras enfermedades que antes ni siquiera conocíamos», relata mientras aplica una crema sobre las piernas de su hija Ruba, de nueve años.
Lo que más la angustia no es solo la enfermedad.
Es no saber qué tiene exactamente su hija.
Los médicos tampoco han podido identificar con certeza unas lesiones que comenzaron a aparecer hace semanas.
«Nos dicen que es una enfermedad de la piel, pero nadie puede decirnos cuál. Cuando ni siquiera los médicos tienen respuestas, una madre siente mucho miedo.»
Hospitales que ya no pueden aislar a los pacientes
En el Hospital Mártires de Al-Aqsa, el pediatra Házem Musleh reconoce que el número de consultas aumenta día tras día.
«Recibimos decenas, incluso cientos de casos diariamente», explicó.
El problema no es únicamente la cantidad de pacientes.
El hospital ya no dispone del espacio suficiente para mantener separados a los niños contagiados.
«Nos vemos obligados a enviar a muchos de ellos de regreso a los campamentos porque no tenemos dónde aislarlos», señaló.
Eso significa que el virus sigue circulando entre familias que comparten espacios reducidos y donde detener un contagio resulta prácticamente imposible.
Una crisis que va más allá de la guerra
Para las organizaciones humanitarias, el brote de varicela es una consecuencia directa del deterioro de las condiciones de vida en Gaza.
La escasez de agua potable, la acumulación de residuos, la falta de medicamentos y el colapso del sistema sanitario han creado un escenario ideal para la propagación de enfermedades infecciosas.
La ONU advierte que, además de la varicela, continúan aumentando las infecciones respiratorias, las enfermedades transmitidas por agua contaminada y otras afecciones cutáneas que afectan especialmente a los niños.
Los niños vuelven a pagar el precio más alto
Las cifras ayudan a dimensionar la magnitud del problema, pero no alcanzan a explicar lo que ocurre dentro de cada tienda de campaña.
Detrás de los más de 9.300 contagios hay miles de niños que pasan las noches sin poder dormir por el dolor y el picor, madres que intentan calmarlos con los pocos recursos que tienen y médicos obligados a trabajar en hospitales sin espacio ni medicamentos suficientes.
En Gaza, la guerra continúa dejando víctimas mucho más allá del campo de batalla.
Hoy, para miles de familias, sobrevivir también significa intentar que una enfermedad que en otros lugares suele superarse en pocos días no termine convirtiéndose en otra tragedia.
