
Por Patricio Luco Torres
Hay presidentes que responden preguntas y presidentes que prefieren insultar a quien las formula. Javier Milei, durante su paso por Madrid, volvió a poner esa diferencia sobre la mesa. Frente a una periodista de Cadena SER, Julia Molina, que le preguntó si su visita resultaba incómoda para el Partido Popular y Vox, el mandatario argentino respondió descalificándola personalmente. La pregunta quedó flotando; el insulto ocupó el escenario.
Así funciona una parte de la política contemporánea: cuando la pregunta incomoda, se intenta convertir al periodista en el problema. Ya no se discute el contenido de la interrogante, sino la supuesta incapacidad intelectual, la intención o la calidad moral de quien se atreve a formularla.
El viejo truco del poder consiste en cambiar el tema. Se pregunta por la economía, por los aliados políticos, por las contradicciones de un gobierno, y de pronto la noticia termina siendo el insulto presidencial. La respuesta desaparece detrás del ruido. El gobernante consigue, aunque sea por unos minutos, que todos hablen de sus modales y no de aquello que se le estaba preguntando.
Pero el periodismo no existe para cuidar el ego de los presidentes. No está para aplaudir discursos, decorar conferencias de prensa ni convertirse en una extensión de las oficinas de propaganda. Su tarea es preguntar, investigar, contrastar y, cuando corresponde, incomodar. Especialmente a quienes concentran poder.
Una democracia no se mide únicamente por la existencia de elecciones, partidos políticos o edificios institucionales. También se mide por la capacidad de un periodista para preguntar sin temor a ser humillado desde la tribuna presidencial. Porque cuando el gobernante confunde una pregunta con una agresión, termina confundiendo también la autoridad con el derecho a imponer silencio.
Milei ha convertido la confrontación con periodistas y adversarios en una parte visible de su comunicación pública. Sus partidarios podrán interpretar ese estilo como franqueza o rebeldía frente a los medios tradicionales. Sus críticos, en cambio, ven en estos episodios una forma de deslegitimar el trabajo periodístico. Pero ninguna interpretación elimina una cuestión fundamental: una pregunta incómoda no autoriza al presidente a reemplazar los argumentos por descalificaciones personales.
Y hay algo más. Cuando un mandatario insulta a una periodista, no está discutiendo solamente con ella. Lo hace desde una posición de poder, frente a una audiencia y con el peso de su investidura. No existe una simetría perfecta entre quien gobierna un país y quien ejerce el oficio de preguntar.
El micrófono de un periodista no es un arma contra la democracia. Es una herramienta para examinarla. Y el presidente, por mucho que le moleste, no está por encima de ese examen.
En América Latina conocemos demasiado bien los peligros de los gobernantes que se acostumbran a considerar enemigos a quienes los cuestionan. La historia demuestra que el deterioro democrático no siempre comienza con las grandes prohibiciones. A veces empieza con pequeñas descalificaciones, con campañas de desprestigio, con la idea repetida de que todo aquel que critica al poder trabaja contra la patria.
Primero se insulta. Después se desacredita. Finalmente, algunos comienzan a preguntarse si no sería mejor que ciertas voces dejaran de hablar.
Por eso importa lo ocurrido en Madrid. No porque un presidente haya pronunciado una frase ofensiva, sino porque vuelve a instalarse una pregunta sobre los límites del poder y el respeto que merece el trabajo periodístico.
Un presidente puede discrepar, corregir una información, exigir precisión y responder con dureza a una crítica. Lo que no puede pretender es que su cargo convierta cada pregunta en una ceremonia de obediencia.
La democracia no necesita presidentes que sonrían ante todas las preguntas. Necesita presidentes capaces de responderlas sin creer que el mundo les debe reverencia.
Porque el periodista puede equivocarse, por supuesto. Puede formular mal una pregunta, interpretar deficientemente un hecho o publicar una información que deba rectificar. Para eso existen la evidencia, la réplica y la corrección. El insulto no corrige nada.
Y mientras tanto, detrás de los escenarios, los discursos y las peleas con la prensa, siguen estando las personas que esperan respuestas sobre sus salarios, sus empleos, sus derechos y el futuro de sus familias.
Esas preguntas no desaparecen porque un presidente levante la voz.
El poder pasa. Los cargos terminan. Los discursos se olvidan. Pero queda registrado quién estuvo dispuesto a responder y quién prefirió atacar al mensajero.
Porque cuando un presidente insulta a un periodista para evitar una pregunta, la pregunta sigue ahí, esperando una respuesta.
Y esa es la parte que ningún grito puede silenciar.
