Siete años, carajo. Y todavía hay un país que no termina de entender qué chucha pasó en sus calles.

El 18 de octubre de 2019 Chile despertó con la rabia atravesada en la garganta. No fue una mañana cualquiera. Algo se había roto en esa maquinaria de promesas, tarjetas de crédito, sueldos miserables y discursos presidenciales que hablaban de progreso mientras millones de personas hacían malabares para llegar a fin de mes.

Todo comenzó con treinta pesos. Pero nadie sale a la calle, se enfrenta a la represión y arriesga los ojos por treinta pesos. La chispa fue el alza del transporte; el combustible llevaba décadas acumulándose en las vidas de quienes trabajaban, estudiaban, envejecían y descubrían que en este país hasta la dignidad parecía tener precio.

Entonces aparecieron las multitudes.

Miles, cientos de miles, millones de historias caminando juntas. Jóvenes que no tenían miedo de gritar, viejos que habían esperado demasiado, mujeres que cargaban sobre sus espaldas la doble jornada de la pega y la casa, trabajadores que conocían mejor el precio del pan que el significado de las palabras pronunciadas en La Moneda.

Chile salió a la calle y durante unos días pareció posible cambiarlo todo.

La Alameda se convirtió en una conversación gigantesca. Las plazas fueron territorios recuperados. En los muros aparecieron las palabras que el poder había intentado borrar con discursos, estadísticas y promesas de campaña. La gente dejó de ser espectadora de su propia desgracia y se convirtió en protagonista de una historia que todavía no sabía cómo terminaría.

Pero la historia, esa vieja puta que nunca entrega sus secretos gratuitamente, también conoce los caminos de la frustración.

Llegaron los acuerdos políticos, los procesos constituyentes, los plebiscitos y las derrotas electorales. La esperanza tuvo que aprender el lenguaje de las negociaciones. La calle cedió espacio a los salones, y las demandas de millones de personas comenzaron a pasar por el estrecho embudo de las instituciones, los cálculos electorales y las disputas entre quienes decían representar al pueblo.

Dos propuestas constitucionales fueron rechazadas. El país no encontró el acuerdo necesario para sustituir la Constitución de 1980. La promesa de una transformación profunda chocó con una sociedad dividida, con temores legítimos, desconfianzas acumuladas y una política que muchas veces pareció hablar un idioma distinto al de la gente.

Y mientras tanto, la vida siguió cobrando sus cuentas.

La jubilación siguió siendo una preocupación. La salud continuó pesando sobre los bolsillos. La vivienda se convirtió en una deuda interminable. Los jóvenes siguieron preguntándose para qué estudiar si el futuro parecía una habitación arrendada, con paredes delgadas y una cuenta bancaria siempre en números rojos.

No todo permaneció igual. Hubo reformas, cambios políticos y debates que antes parecían imposibles. Pero tampoco ocurrió la transformación estructural que muchos imaginaron aquella noche de octubre.

Y esa es una de las grandes heridas del estallido: la distancia entre lo que una sociedad se atrevió a soñar y lo que finalmente consiguió cambiar.

El poder sabe escuchar cuando la calle ruge. Lo difícil es conseguir que siga escuchando cuando la calle vuelve a sus casas.

Siete años después, algunos quieren reducir el estallido a la violencia, los incendios y los destrozos. Otros prefieren recordarlo como una revolución inconclusa. Hay quienes lo celebran y quienes lo condenan. Cada mirada selecciona sus imágenes, sus muertos, sus responsabilidades y sus silencios.

Pero ninguna memoria honesta puede borrar las violaciones de los derechos humanos denunciadas durante la represión, ni tampoco ignorar la violencia y los daños que ocurrieron durante aquellas jornadas. Recordar no consiste en escoger una mitad de la historia y arrojar la otra al basurero. Consiste en mirar de frente lo ocurrido, sin convertir el dolor en propaganda ni la memoria en una mercancía electoral.

Yo recuerdo las calles. Recuerdo esa sensación extraña de ver a un país desconocido aparecer de pronto frente a nuestros ojos. Un país que estaba ahí, debajo de los discursos oficiales, detrás de las puertas de las casas pequeñas, en las poblaciones, en las universidades, en los hospitales, en los cuerpos cansados de quienes habían aprendido a sobrevivir sin esperar demasiado.

Y recuerdo, sobre todo, una pregunta que todavía permanece abierta: ¿qué hacemos con esa esperanza?

Porque las multitudes regresan a sus hogares, los carteles se destiñen y las consignas pierden volumen. La vida cotidiana tiene esa brutalidad: te obliga a levantarte temprano, tomar la micro, pagar las cuentas y seguir caminando incluso cuando el mundo que imaginaste parece haberse quedado detenido en una plaza.

Pero la rabia social no desaparece por decreto. Tampoco la desigualdad se evapora porque cambie el gobierno o porque los dirigentes encuentren nuevas palabras para explicar las mismas dificultades.

La memoria es una instalación que construimos con fragmentos: una barricada, una canción, un ojo herido, una bandera, una madre esperando noticias, un muchacho que descubre que la historia también puede escribirse con su propio cuerpo. Fragmentos que el tiempo intenta ordenar, aunque siempre quede algo fuera del marco.

Quizás el estallido no fue el comienzo de una revolución victoriosa. Quizás tampoco fue el fracaso absoluto que algunos proclaman. Fue una fractura en la normalidad chilena, una grieta por donde entraron las preguntas que el modelo había conseguido mantener durante demasiado tiempo bajo la alfombra.

Y una grieta, aunque intenten taparla, deja huellas en las paredes.

Siete años después, no basta con levantar el puño para decir que todo sigue vivo. Tampoco basta con bajar la cabeza y declarar que nada valió la pena. La tarea es más incómoda: preguntarnos por qué tantas esperanzas no lograron convertirse en cambios duraderos, qué responsabilidades tuvieron los partidos, qué errores cometieron los movimientos sociales y qué aprendimos como sociedad de aquella experiencia.

La nostalgia no cambia el mundo. La rabia sin organización tampoco. Y los discursos revolucionarios que no consiguen transformar la vida concreta de las personas terminan convirtiéndose en literatura para convencidos.

Pero cuidado: que un sueño haya sido derrotado no significa que fuera injusto soñarlo.

El 18 de octubre de 2019 Chile abrió una puerta. Después vinieron las dudas, las fracturas, los retrocesos y las decepciones. La puerta no condujo al país que muchos imaginaron. Eso es cierto. También es cierto que millones de personas dejaron de aceptar como natural aquello que durante años les dijeron que era inevitable.

Y esa memoria no pertenece a ningún partido, a ningún candidato ni a ningún propietario de la historia.

Pertenece a quienes estuvieron allí. A quienes marcharon, a quienes tuvieron miedo, a quienes cuidaron a los heridos, a quienes miraron desde las ventanas y a quienes todavía intentan comprender qué significa vivir en un país donde la promesa de igualdad suele llegar antes que la igualdad misma.

Siete años, carajo.

El calendario puede pasar la página. Los gobiernos pueden cambiar de discurso. Los políticos pueden guardar las fotografías de aquellas jornadas en el cajón de los recuerdos incómodos.

Pero hay preguntas que no envejecen.

¿Quién paga el costo de vivir? ¿Quién tiene derecho a una vejez digna? ¿Por qué el origen social continúa pesando tanto sobre el destino de una persona? ¿Cuánto tiempo puede una sociedad llamar estabilidad a la resignación de sus habitantes?

No tengo respuestas para todas esas preguntas. Desconfío de quien asegura tenerlas todas, especialmente si habla desde un escenario y nunca ha tenido que hacer rendir el dinero hasta fin de mes.

Tengo, en cambio, la memoria, la escritura y esa vieja costumbre de mirar el país desde el lado de quienes no suelen aparecer en las fotografías oficiales.

Porque al final, cuando se apagan las luces, cuando los discursos se marchitan y los poderosos vuelven a sus casas, queda la vida real. La de la gente que madruga, que trabaja, que envejece, que pierde a sus seres queridos y que aun así encuentra fuerzas para imaginar algo distinto.

Quizás ahí siga viviendo el estallido: no como una fecha sagrada ni como una derrota definitiva, sino como una pregunta que Chile todavía no ha conseguido responder.

¿Cuánto más debe esperar un pueblo para que la dignidad deje de ser una consigna y se convierta, de una vez por todas, en una forma de vivir?

Y que nadie se apure en contestar.

La historia todavía está hablando.

Hay que tener los cojones de escucharla.

Por Editor