
Cuando los estudiantes salen a la calle, bloquean sus colegios y los trabajadores marchan a su lado, el poder empieza a escuchar ese ruido que tanto detesta: el de la gente que se cansó de agachar la cabeza.
Francia vuelve a recordarnos que la educación no es solamente una sala de clases, una pizarra o un profesor haciendo malabares con un presupuesto miserable. Es también una disputa por el futuro. Y cuando los jóvenes sienten que ese futuro se lo están robando, salen a la calle. Con mochilas, pancartas, rabia y esa insolencia hermosa de quienes todavía no han aprendido a confundir la obediencia con la dignidad.
La movilización estudiantil adquiere otra dimensión cuando los trabajadores se suman. Porque ya no se trata únicamente de jóvenes defendiendo sus demandas. Se encuentran dos generaciones que conocen, desde lugares distintos, la misma incertidumbre: unos temen heredar un mundo sin oportunidades; los otros llevan años trabajando para sostener un mundo que parece repartir sus beneficios siempre entre los mismos.
Ahí está el asunto, carajo.
La ultraderecha no crece en el vacío. Avanza en sociedades atravesadas por el malestar, la desigualdad y el miedo. Ofrece orden, señala culpables y convierte al vecino en enemigo. Le dice al trabajador que el problema es el inmigrante, al estudiante que debe resignarse y al pobre que su pobreza es un fracaso individual. Así, mientras los de abajo se enfrentan entre ellos, los de arriba continúan haciendo sus negocios.
Pero cuando estudiantes y trabajadores se encuentran en la calle, esa maquinaria de división encuentra resistencia.
No hay que idealizar las protestas ni convertir cada barricada en una epopeya. Hay que mirar lo que expresan. Una juventud que reclama ser escuchada, una comunidad educativa que necesita recursos y unos trabajadores que saben que los derechos conquistados nunca están garantizados para siempre.
Desde Chile, esta escena nos toca una fibra conocida. También sabemos de estudiantes que han debido levantar la voz para defender la educación pública. Sabemos de familias que hacen cuentas hasta el último peso y de trabajadores que envejecen cumpliendo obligaciones mientras esperan que la dignidad alcance para llegar a fin de mes.
Y sabemos, además, que la palabra orden puede convertirse en una cómoda excusa cuando quienes protestan son precisamente aquellos a quienes nadie escuchó a tiempo.
Bukowski habría mirado la escena desde la mesa de un bar, con el vaso medio vacío y una carcajada amarga. Habría desconfiado de los discursos impecables de los políticos, de esos tipos que hablan de sacrificios ajenos con la tranquilidad de quien nunca ha tenido que elegir entre pagar una cuenta o llenar el refrigerador. Porque el hambre no entiende de discursos y la precariedad no desaparece porque un ministro la escriba con palabras bonitas.
Yo, en cambio, buscaría los rostros. El estudiante que aprieta una pancarta con las manos temblorosas; la profesora que lleva años enseñando con menos recursos de los necesarios; el trabajador que termina su jornada y aun así encuentra fuerzas para caminar junto a los jóvenes. Allí estaría la fotografía verdadera de Francia: no en los salones del poder, sino en esa multitud que intenta defender el derecho a tener un mañana.
Porque la educación no puede ser un privilegio comprado por quienes tienen dinero. Y el trabajo no debería condenar a nadie a vivir permanentemente al borde del abismo.
La pregunta, entonces, no es solamente qué está ocurriendo en las calles francesas. La pregunta es qué clase de sociedad estamos construyendo cuando los jóvenes tienen que interrumpir las clases para exigir que se les garantice el futuro y los trabajadores deben abandonar sus puestos para defender derechos que parecían conquistados.
Una democracia no se mide por el silencio de sus calles, sino por la dignidad de quienes pueden ocuparlas sin miedo.
La protesta no garantiza victorias. La solidaridad tampoco resuelve por sí sola las contradicciones de una sociedad. Pero ambas recuerdan algo que el poder suele olvidar: los ciudadanos no son espectadores de la historia.
Y cuando una generación decide dejar de mirar desde la ventana, mientras otra abandona por unas horas la fábrica, la oficina o el taller para acompañarla, aparece una posibilidad que ningún discurso oficial puede fabricar ni controlar por completo.
La posibilidad de comprender que el futuro no se construye enfrentando al estudiante contra el trabajador, al pobre contra el inmigrante o al vecino contra el vecino.
Se construye defendiendo derechos, discutiendo las desigualdades y exigiendo responsabilidades a quienes toman las decisiones.
Francia está en las calles. Y desde este lado del mundo conviene mirar, pensar y recordar.
Porque los cabros crecen, los trabajadores envejecen y los gobiernos pasan. Pero las consecuencias de las decisiones políticas quedan en los cuerpos, en las familias y en las oportunidades que una sociedad les entrega —o les niega— a sus hijos.
Y si algo merece una última puteada es la costumbre de llamar orden a una sociedad donde algunos lo tienen todo y otros deben pedir permiso hasta para soñar.
La juventud no tiene la obligación de heredar en silencio los fracasos de los adultos. Tiene derecho a discutirlos, denunciarlos y cambiar lo que considere injusto.
Porque cuando los estudiantes salen a la calle y los trabajadores caminan a su lado, no necesariamente comienza una revolución.
Pero, por lo menos, se rompe el silencio.
Y a veces, carajo, por ahí comienza todo.

