por Patricio Luco Torres

Hay ciudades que salen a la calle para reclamar derechos. Otras lo hacen para defender su memoria, su territorio y aquello que todavía permanece vivo frente a la voracidad de quienes creen que todo puede comprarse, venderse y explotarse. Hoy, Valdivia marcha por algo mucho más profundo que una consigna ambiental: marcha por el derecho a existir de la naturaleza y de las comunidades que habitan sus territorios.

La movilización de este 31 de octubre no es un acontecimiento aislado ni una simple expresión de descontento ciudadano. Es parte de una resistencia que comienza a extenderse por distintos rincones de Chile frente a un modelo de desarrollo que continúa confundiendo crecimiento económico con destrucción ambiental.

Las demandas son claras: rechazo al proyecto minero-portuario Dominga, defensa de la cuenca del río Valdivia, protección de los ríos San Pedro y Calle Calle frente a la amenaza de la salmonicultura y preservación del Parque Nacional Alerce Costero.

Detrás de cada una de estas reivindicaciones existe una pregunta política fundamental: ¿quién tiene derecho a decidir sobre nuestros territorios? ¿Las comunidades que los habitan, los pueblos que construyeron su historia y las generaciones que vendrán, o los intereses económicos que observan la naturaleza como una reserva de recursos disponibles para su explotación?

El problema no es solamente ambiental. Es profundamente político, económico y cultural. El extractivismo no destruye únicamente ecosistemas; también desplaza comunidades, altera formas de vida y convierte bienes comunes en oportunidades de negocio. El agua, los bosques, los ríos y el mar dejan de ser parte de una existencia compartida para transformarse en cifras de rentabilidad.

Valdivia, con sus ríos, humedales y memoria territorial, representa hoy una frontera de resistencia. Pero esa frontera no termina en el sur. Se conecta con el norte, con las comunidades que han defendido el borde costero de La Higuera frente a Dominga, con quienes protegen los ecosistemas amenazados y con todos aquellos que comprenden que el territorio no es una propiedad sin historia.

Hay algo particularmente significativo en esta movilización: la convergencia de organizaciones sociales, ambientalistas, artistas, jóvenes y ciudadanos. Cuando la música, la cultura y la protesta se encuentran en la calle, la defensa ambiental deja de ser un asunto de especialistas y se convierte en una conciencia colectiva.

Quizás lo más importante de esta jornada sea comprender que no estamos frente a una disputa entre desarrollo y atraso, como tantas veces pretende instalar el discurso empresarial. Estamos frente a una discusión sobre qué tipo de sociedad queremos construir y qué estamos dispuestos a sacrificar para sostener un modelo económico que parece no reconocer límites.

La naturaleza no tiene departamentos de comunicaciones, no financia campañas electorales ni participa en directorios empresariales. Sin embargo, tiene una voz que se expresa en los ríos contaminados, los bosques amenazados, los humedales intervenidos y las comunidades que se niegan a guardar silencio.

Hoy Valdivia sale a la calle. Y cuando una ciudad marcha para defender sus ríos, sus bosques y su territorio, no está solamente defendiendo un paisaje: está defendiendo una forma de entender la vida.

Porque hay riquezas que no se contabilizan en los balances empresariales. Hay territorios que no tienen precio. Y hay luchas que, sencillamente, no se pueden abandonar.

La naturaleza no necesita permiso para existir. Somos nosotros quienes debemos aprender a dejarla vivir.

Por Editor