Después del 18 de septiembre siempre quedan cosas.
Quedan botellas a medio terminar, empanadas endurecidas, pedazos de carne, papas, ensaladas, pan. Queda también esa sensación de haber comido durante cuatro días como si el país entero hubiera descubierto que mañana se acaba el mundo.
Y ahora aparece el Estado con una recomendación bastante sensata: no bote las sobras. Reutilícelas. Convierta la carne del asado en ajiaco, el pollo en salpicón, el pan en otra preparación. Ahorre. Aproveche. No desperdicie.
Hasta ahí, nada que objetar.


El problema comienza cuando una simple receta de cocina empieza a representar una determinada manera de mirar la sociedad.
Porque una cosa es enseñar a una familia a no desperdiciar alimentos y otra muy distinta es convertir el ahorro en una especie de virtud moral individual.
Como si quien no logra ahorrar fuera simplemente alguien que no sabe administrar bien su dinero.
Como si todos comenzáramos el mes desde la misma línea de partida.
No es lo mismo hablar de ahorro en una casa donde sobra comida que hablar de ahorro en una casa donde sobra mes después de que se acaba el sueldo, Ahí está la diferencia.
Para algunos, reutilizar el pollo del domingo es una decisión ambiental. Para otros, es una forma de estirar la comida hasta el jueves. Y para millones de personas, la palabra ahorro sencillamente pertenece a otro universo: primero hay que pagar el arriendo, la luz, el agua, el transporte, los medicamentos, la comida y las deudas. Después, si queda algo, quizás podamos conversar de ahorrar.


Por eso conviene mirar con cuidado esta nueva pedagogía del ahorro.
El ciudadano debe consumir responsablemente. Debe reciclar. Debe reutilizar. Debe ahorrar energía. Debe ahorrar agua. Debe ahorrar dinero. Debe planificar su vejez. Todo eso puede ser razonable.


Pero existe una pregunta que aparece inevitablemente:
¿Y qué responsabilidad tiene el Estado en crear las condiciones para que las personas puedan hacerlo?
Porque ahorrar no es solamente una cuestión de voluntad.


También depende del salario, del costo de la vivienda, del precio de los alimentos, de la estabilidad laboral, del acceso a la salud, del transporte y de cuánto dinero queda en el bolsillo después de pagar las necesidades básicas.
Un trabajador puede ser extraordinariamente disciplinado y, aun así, no tener capacidad de ahorro.
No porque sea irresponsable.
Porque no le alcanza.

Y aquí las sobras del 18 adquieren una dimensión casi filosófica.
El Estado nos dice: no botemos lo que queda. Bien.


Pero también deberíamos preguntarnos qué ocurre con quienes no tienen nada que guardar en el refrigerador.
Porque existe una enorme diferencia entre administrar un excedente y administrar una carencia.
El primero puede convertirse en una virtud.


El segundo muchas veces es simplemente sobrevivencia.
No estoy diciendo que reutilizar los alimentos sea una mala idea. Todo lo contrario. Reducir el desperdicio alimentario es necesario y tiene una dimensión económica y ambiental evidente.


Lo que cuestiono es otra cosa: que lentamente vayamos convirtiendo todos los problemas sociales en problemas de conducta individual. Si usted está endeudado, debe aprender a administrar.
Si no tiene pensión suficiente, debe ahorrar.
Si la comida está cara, debe comprar mejor.
Si no llega a fin de mes, debe organizarse.
Si sobra comida, debe reutilizarla.
Y mientras tanto, las estructuras que producen desigualdad desaparecen detrás de una palabra aparentemente inocente:
responsabilidad.
La responsabilidad individual existe, por supuesto, pero también existe la responsabilidad colectiva y existe la responsabilidad del Estado.

Quizás entonces el verdadero mensaje después del 18 no debería ser solamente:
«No bote las sobras.»
Podría ser algo más incómodo: «Construyamos un país donde ahorrar no sea un privilegio de quienes tienen algo que les sobra.»
Porque finalmente hay dos tipos de sobras, están las que quedan sobre la mesa después del asado.


Y están las que quedan en la vida de quienes, después de pagar todo, llegan al final del mes con los bolsillos vacíos.
Las primeras pueden convertirse en un buen ajiaco. Las segundas necesitan algo bastante más difícil:
una sociedad capaz de repartir mejor la mesa.

Por Editor